Las mejores ‘jams’ del rock

Por Sergio Ariza

En noviembre de 1970 apareció en el mercado Layla and Other Assorted Love Songs, el primer disco de Derek And The Dominos, el primer disco de esa banda tras la que se escondía Eric Clapton y en la que sobresalía la guitarra de Duane Allman, para ese momento el mayor de los Allman ya era uno de los más buscados músicos de sesión de EEUU y capitaneaba una banda de hermanos (aunque el único sanguíneo era Gregg) que le hubiera seguido hasta el infinito y más allá.     

      

El disco entró entre los 20 primeros de las listas estadounidenses y Clapton le ofreció unirse a él por un dineral, para convertirse definitivamente en una estrella del rock. Duane apreciaba mucho a Clapton pero tenía fe ciega en sus chicos así que renunció al puesto y decidió centrarse en su banda. Sabía que cuando los seis se subían a un escenario surgía magia y solo era cuestión de tiempo que el resto del mundo se enterara.      

A pesar de tener dos discos ya publicados, a los cuatro miembros de la banda no apellidados Allman; Dickey Betts, Berry Oakley, Jai Johanny Johanson y Butch Trucks; les costaba llegar a final de mes, Duane ganaba de sobra con sus trabajos como músico de sesión (o como miembro de los Dominos) y Gregg se sacaba un extra con los derechos de las canciones (en ese momento era el principal compositor de la banda). Pero, como decía, la fe en Duane era infinita y este, como buen capitán, repartía elogios y energía positiva constante, cuando comenzó a hacerse famoso por su colaboración con Clapton, comenzó a decir en las entrevistas, "yo soy el guitarrista famoso, pero el bueno es Dickey".
     

      

Se estaban labrando un fiel grupo de seguidores y sus directos eran la comidilla entre los entendidos, su caché se había duplicado (aunque no pasaba de unos ridículos, a ojos de hoy, 1.250 dólares por noche) y estaban tocando mejor que nunca. Duane lo tuvo claro, su próximo disco sería un directo "para conseguir algo de ese fuego que sacamos juntos encima de un escenario".
     

Cuando fueron contratados en el Fillmore East durante unos días de marzo, se decidió grabar el resultado. La banda era la tercera en un cartel en el que también estaban Johnny Winter y el grupo de Elvin Bishop, pero para el tercer día ya eran los encargados de cerrar los conciertos. Ni siquiera el gran Johnny Winter podía ponerse a tocar el slide después de que Duane y sus chicos hubieran pasado por el escenario.
     

      

Y es que lo ocurrido durante esos días fue el cénit de la banda, el momento en el que las estrellas se alinearon y los Allman tocaron como nunca. De todas las grandes bandas de 'jam' de la historia del rock, los Allman Brothers fueron los mejores, y este disco es la prueba definitiva de ello, los Grateful Dead giraban alrededor de Jerry Garcia y dependían de la inspiración de este, los Cream competían entre ellos más que ayudarse, pero los Allman eran una banda que seguía la máxima de los mosqueteros, "uno para todos y todos para uno", Duane era la estrella, pero eso no impedía que Dickey Betts se luciera en varios momentos, que Berry Oakley demostrara que es uno de los bajistas más minusvalorados de la historia o que la voz y el Hammond B3 de Gregg Allman sonaran mejor que nunca. Aquí importaba el resultado final y la compenetración con los otros, las guitarras de Duane y Betts se entretejían y armonizaban como si se pudieran leer la mente, Oakley a veces se les unía a la perfección y las baterías de Trucks y Johanson nunca se estorbaban entre sí.
     

El disco se abría con Statesboro Blues, la canción con la que Duane había aprendido a tocar el slide apenas tres años antes. Para este momento no tenía rival cuando se ponía la botellita de Coricidin en su dedo, pero tocaba igual de bien sin ella. Es de los pocos músicos de rock capaz de no aburrir nunca en sus solos, con una musicalidad que recuerda a los músicos de jazz, y es que, como estos, en esta banda se buscaba ir un poco más allá pero siempre con una mirada de conjunto. Puede que por eso, las tres mejores canciones del disco sean las tres canciones que sobrepasan los diez minutos, You Don't Love Me, In Memory Of Elizabeth Reed y la gloriosa Whipping Post, una canción de 23 minutos en la que no sobra ni un segundo, Duane da el primer solo con su célebre Les Paul del 59, a partir de los dos minutos, es pura fuerza y velocidad, jugando en varias ocasiones con la intensidad, subiendo y bajando el tempo a su antojo, luego es Dickey Betts el que relumbra con un solo antológico en su SG del 61, uno de los más bellos jamás realizados, vuelve Gregg con el estribillo ralentizado y entonces Duane demuestra que es el guitarrista más inventivo de su generación con una genial coda final para la canción.
     

      

Es el final de un disco que dio la razón a Duane a la hora de apostar por su banda, en la primera semana de septiembre de 1971 el disco alcanzaba el puesto número 13 de las listas estadounidenses, superando incluso el mejor puesto de Layla, y colocándose entre el Sticky Fingers de los Rolling Stones y el L.A. Woman de los Doors. Lo habían conseguido, los Allman Brothers eran estrellas del rock por su cuenta, con su extraña mezcla de blues, rock y jazz, y su esencia sureña.
     

Lo malo es que hay un epílogo y es que Duane no vivió para disfrutar de su obra, el 29 de octubre de ese mismo año, tuvo un accidente de moto y falleció un mes antes de cumplir los 25 años. Los Allman Brothers vivieron el resto de sus días como estrellas del rock pero no así su capitán que, maldita suerte, se convirtió en otro más de los mártires del rock & roll.
    

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