A Night At The Opera (1975)
Queen
Brian May aprendió a descifrar el código de las estrellas. Tanto las de verdad
como las de la música. La radioastronomía, su otra gran pasión junto a la guitarra
y en la que también ha sentado cátedra, seguramente la sirvió para terminar de
convertir a Freddie Mercury en una
supernova. Los misterios de la física han contribuido igualmente a una carrera
musical marcada por un dominio técnico inigualable. El 40 aniversario de A Night
at the Opera revive de nuevo la memoria del carismático cantante y su
tragedia personal y su luz vuelve a tapar la suya, sin la que Queen no hubiera existido.
La visita a la ópera de Queen coincidió con uno de los años más prolíficos del rock, 1975, sublimando los excesos de
las superbandas del heavy, el glam y la psicodelia que estaban llevando al género a una crisis que acabaría
con su acoso y derribo a manos del punk apenas
un año después. Sin embargo, ellos navegaban ya por la cresta de la fama
gracias a Bohemian Rhapsody y consiguieron sobrevivir.
Queen era, en realidad, otra vía para la transgresión como lo podían ser Johnny Rotten y sus colegas. La
ambigüedad sexual de Mercury en su
papel de ‘macho’ y el tono burlesco de vodevil que imprimían a su rock ejecutado con maestría y ‘sin
trucos’, como proclamaban desde las portadas de sus discos, molestaba a las
mentes puritanas, incluidas las de muchos críticos musicales, que una vez más
metieron la pata y les castigaron con su olímpico desprecio. En vano, porque
como es sabido fue un éxito indiscutible que aún perdura, como prácticamente
toda la obra de la banda británica. Pronto rectificarían.
Es obligado añadir en su 40º aniversario el
último ‘cotilleo’ sobre los entresijos de su gestación: según Tim Rice, letrista de Mercury en su época ‘barcelonesa’, los
primeros versos de Bohemian Rhapsody -"Mamá,
acabo de matar a un hombre. Le he puesto una pistola en la cabeza, he apretado
el gatillo y ahora está muerto"- eran un reconocimiento implícito de
su homosexualidad. Nada nuevo, por cierto, porque ya lo comentaba Lesley-Ann Jones en su biografía del
cantante.
Pero Queen
era mucho más y en esa misma canción, Brian
May, John Deacon y Roger Taylor también demostraban bajo
la tormenta vocal de Mercury que
había mucha música que descubrir. Especialmente del guitarrista y de su
capacidad para que al sonar en los altavoces pareciera que hubiera un millar de
‘Mays’ recorriendo el mismo mástil.
Un trabajo inmenso que repetían con sus famosos juegos vocales encerrados
durante semanas en el estudio, meses incluso para terminar su rapsodia. Como otros colegas suyos –Tony Iommi, por ejemplo- estaban
obsesionados con la perfección. A Night at… tenía fama precisamente de
ser el disco más caro jamás grabado.
Una noche en la ópera exige llevar traje de
gala y Queen se vistió para la
ocasión, cambiando de vestuario en función del libreto, unas veces frente a una
gran sala de conciertos y otras ante el humeante público de un cabaret. La
tradición clásica domina un disco de rock
progresivo, un cruce entre Led
Zeppelin y Puccini que se ganó
un hueco indiscutible en la banda sonora del siglo XX.
(Imágenes: ©CordonPress)