La chistera del cowboy

por Alberto D. Prieto

Yo tengo el blues. Y no tengo prisa en tocarlo, ni en demostrarlo. Lo encuentro en la búsqueda, entre vapores, de la nota adecuada. Del dolor del alma. Yo tengo el blues. Y tengo el soul, y tengo el rock, y el country; tengo una Strato a cuyo lomo viajo por todos esos mundos. Tengo temas que suenan a otros que me precedieron, y todos ellos, los vivos, los muertos como yo, quieren que los visite. Tengo el R'n'R de Chuck, la ganancia subida en la mano lenta de Clapton, hago maravillas con el apellido del otro Stevie, el ciego, cuando profano sus supersticiones, y tengo la psicodelia audaz de Hendrix en escena, tengo el silencio vocal de respeto al punteo de B.B. King... Yo lo tengo todo. Tengo un truco, yo, para tenerlo todo.

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Yo tengo un gorro de cowboy. No es chistera, pero guarda mi magia. Y la saco cuando cruzo las lindes en el campo de las tablas. Subo al escenario y me dejo llevar, sufro escuchando a mi guitarra, lo que ella me dice, y mis dedos se fusionan a la velocidad endiablada que me marca. Si está excitada, fíjate en los vídeos que me hicieron, no podrás saber dónde están mis manos, ni qué hacen. Tampoco yo. Si llora, si mis seis cuerdas lloran, entonces los tendones se me erizan. Tiene mi blues eso de verdad, de música desgarrada de los jirones del alma, que me cambia la compostura y la desfigura a su gusto. O disgusto. Tanto, que me improvisa juegos de manos en escena y de repente veo mis hombros dislocados, con la Strato por la espalda, chillando desbocada, y yo, más que tocarla, la sostengo y me enorgullezco de ella, de lo que sabe hacer, de lo que me enseña. Tengo los trucos, nunca sé cuántos, ni cuáles voy a usar, pero no me falta uno solo.
 

   

Yo tengo grupo, con nombre, pero éste no importa mucho. Eso podría ser un problema, pero no, somos yo y 'Double Trouble'. También tengo eso. Y tengo un Grammy por un fracaso, lo cual sí que es de admirar. Por suerte, era 1983 y tenía también ya una edad tardía para lo de ir echando bolos, así que cuando en el Festival de Jazz de Montreaux la peña nos abucheó por el mero hecho de que Stevie Ray Vaughan & Double Trouble le dio el blues, el rock, el soul y el country, también tuvimos cuajo, el de seguir a lo nuestro. Lo hicimos a todo volumen, y sudando ese jazz que esperaba la audiencia entendiéndolo a nuestro modo, a nuestra fusión de estilos. Los silbidos se pudieron oír, dicen, desde fuera del recinto, pero alguien lo debió de entender meses más tarde, cuando recogimos el Grammy por uno de los recitales que pasarán a la historia del vinilo y las paradojas. En cada corte del elepé se adivina el murmullo, entonces de bronca, hoy de gloria; todos aquel día hicimos historia, que les pongan un bourbon a los desencantados, los pago yo todos.
 

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Lo tengo todo. Por eso tengo las musas aceleradas, y en dos días grabé, produje y mezclé, de la mano de John Hammond, el 'Texas Flood' (1983). Imagino los microsurcos del vinilo y se me representan las cuerdas de la Rickenbacker con la que empecé. Juntas, impulsivas y deseosas de sacar mis entrañas a la luz. Si el blues es drama, yo acumulé una adolescencia destensando clavijas cerca de las reservas tejanas, buscando una Strato para aprender a ser Jimi el negro, bebiendo de las fuentes del country, aporreando alguna Gretsch hasta hacerla llorar con el slide... Cuando reventé las costuras del blues, y lo cuidé yo en los duros 80, llevaba ya mucho tiempo acumulando tumbos y desesperos; decisiones erradas y caminos errantes me habían ayudado a quitarme los ruidos y la compañía, a desnudar mi nombre completo y admitir que si yo ya lo tenía todo, bastaba con dejarlo salir.
 

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Yo tengo espejos, y en ellos me reflejo. Soy un zurdo en cuerpo de diestro. Tengo una colección de Stratocasters de todos los colores, y alguna incluso es de piel Roja y mástil de zurdo, para haceros el truco de tocarla del revés, como el indio de piel negra que destronó a dios. Y soy un negro en cuerpo de blanco. Me lo dice mi padrino. Haciendo honor a la verdad del blues, él es el padrino de todos, pero yo sé que es el mío. Porque, si antes que dios estuvo la nada, uno de los personajes principales del génesis, en cuyas lecturas yo aprendí a sentir la llamada, fue Albert King y su quejido a la guitarra. Y llegó el día en que él estaba ahí, frente a mí, pronunciando un juramento bautismal: "¡tú lo tienes todo!... en realidad, debes saber que sólo es blanca tu piel, tú eres un negro a la guitarra". Detrás de una Stratocaster, no hay agua más purificadora. El padrino del blues me dio su bendición, y ahora sí ya lo tengo todo, hermano.
 



Yo tengo una primera dama, y cientos de polvos en la cama. He penetrado en las profundidades del exceso, las he gozado todas, y de tanto que he disfrutado, he llegado a perder la habilidad para alimentar de nuevos desafíos a mi amor, mi Fender Stratocaster desportillada, la Number one, lo único que siempre estuvo ahí, la de cuya mano he alcanzado toda el alma, todo el soul del que presumo. Tengo todo, y por tener, tengo hasta la capacidad de malgastar todo lo que tengo. Olvido a los maestros, se me borran Buddy Guy y Freddie King, sus enseñanzas, mi capacidad de investigarlas. Me echan de casa, me abandona mi preciosa esposa, Lenny, celosa de mi verdadero amor, de los polvos blancos y de los otros. Se va mi eterna suerte de todo al 100%, olvido mi genio compositor, mi destreza en el mástil torna en artrosis, el público cambia ovaciones por desconcierto... y entonces me refugio un gramo más en el exceso, la coca y el whisky; las putas, las grupies, tanto da si tienen piernas entre las que esconder la angustia y soltar los malos humores. Pero yo tengo otro truco: el de la voluntad, y sé salir de ahí y subir de nuevo a la furgoneta, por el buen camino. Yo tengo el éxito, chaval. Y vuelvo a él marcando el paso.
 

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Yo tengo hasta el truco del rostro. Ahora que he visitado el infierno, lo puedes ver en mis reflejos. Mírame al tocar. ¿No lo ves? Se me escapa el gesto que sigue a los trastes, y los párpados se cierran con los punteos, los ojos se me salen de las órbitas al encadenar arpegios en distorsión y los labios se me hacen trémolos en el éxtasis del solo. Es un torrente incesante e imprevisible, yo lo tengo, tengo el coraje de arrojarme por él sin saber cuán profundo será el vuelo hasta la traca final. Y aunque mi Strato no es Lucille, ni me siento a la silla, yo sé que esa salida musical por la mueca es un truco pasional que sólo comparto con los buenos flamencos y con el gran gordo, B.B. King.
 

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Tengo todos los trucos, ya te digo. Para empezar, nací en los 50 y en Austin (Texas)... Allí estaba esperándome una vida bajo el sombrero de cowboy en el que guardar los secretos de mi gloria y, junto a una belleza con curvas y seis cuerdas, prestidigitar vuestras almas.
Los secretos me los llevé todos a los cielos un 27 de agosto del 90 tras formar elenco en Wisconsin junto a algunos de sus primeros dueños: Clapton, Buddy Guy, Robert Cray y mi hermano Jimmy. Subí al helicóptero equivocado y esa madrugada culminé mi truco supremo. Haz la prueba y escucha: no sabrás cómo, pero aunque ya no estoy aquí, el blues aún lo tengo.  


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