"Denme una Stratocaster y moveré el mundo"

Por Massimo D'Angelo

Arquímedes dijo que necesitaba ‘un punto de apoyo’ para mover el mundo. A Rory Gallagher le bastaron su Stratocaster y seis cuerdas. Con eso y mucha pasión, lo revolucionó todo.    

William Rory Gallagher nació el 2 de marzo de 1948 en el pequeño pueblo de Ballyshannon, condado de Donegal, en el norte de Irlanda, y muy pequeño se mudó a la ciudad de Cork, en el sur, donde vivió la mayor parte de su vida. Siempre y cuando no estuviese de gira.    

El irlandés representa la más alta expresión de blues-rock que ha parido la isla hasta la fecha. Gallagher forma parte de esa larga lista de guitarristas cuyas adicciones –al alcohol, en su caso- nos han privado de ellos demasiado pronto.    

Gallagher fue compañero antes que guitarrista, un ejemplo antes que una estrella. Nunca quiso serlo (quizás sea éste el aspecto de su carácter que hizo que la Historia del Rock y del Blues nunca le haya puesto en su justo lugar entre los dioses del género). Porque Rory fue muchas cosas juntas, pero sobre todo, una persona pura y humilde. Lo único que quería era tocar y tocar bien: lo de ser aclamado sólo le empujaba a tocar cada día mejor y más, hasta consumir su Stratocaster de 1961, comprada de segunda mano en 1963 por 100 libras, en la que ya no quedó barniz ni casi pintura cuando se quedó para siempre en su estuche, un maldito 14 de junio de 1995.  

 

El irlandés fan del folk, del rock’n’roll, del skiffle, del blues, de Lonnie Donegan, Woody Guthrie Muddy Waters, entre otros, nos regaló un blues y un rock veraz, original, que era -y sigue siendo- magia absoluta, algo que entregaba con amor, ojos cerrados y su sonrisa triste al público que llenaba cada garito que tuvo la suerte de alojarlo.
   

Porque lo suyo eran los clubs, “mirar la gente a los ojos”, sentirse uno más y disfrutar de su música, de su blues, “algo con lo que naces, algo que no se aprende…lo llevas dentro”.    

Pero tampoco le tembló el pulso ese viernes 28 de agosto de 1970 en el Festival de la Isla de Wight, cuando se exhibió con su power-trio
Taste delante de más de 600.000 personas. Antes que él, sólo Buddy Holly en 1957 se había atrevido a presentarse encima de un escenario con una formación tan ‘escasa’, The Crickets. Y no es casualidad: Buddy Holly fue el motivo por el que Rory Gallagher quiso una Strat colgando de su hombro. Los tríos no estaban de moda, pero llegaron a estarlo: el mismo año en que el irlandés juntó The Taste, 1966, nacieron Cream (Clapton, Baker, Bruce) y la Experience de Jimi (Hendrix, Redding, Mitchell), sólo por citar a dos.
   

Rory Gallagher fue un ejemplo, dijimos, cercano y siempre disponible para intercambiar dos palabras con quien iba a verle tocar y a disfrutar de su música.    

Fue en los ’60 cuando, después de un bolo en el legendario Club Marquee de Londres, un joven alto y melenudo se le acercó para preguntarle por su sonido, sobre esa magia que salía de su guitarra destartalada, enchufada a un VOX AC30 (se pasó a los amplificadores Fender a partir de los años ’70) y a un treble booster. Ese sonido enamoró y acompañó a un joven
Brian May para siempre. El mismo guitarrista de Queen recuerda que hay una línea directa entre su Tie Your Mother Down y Morning Sun o What’s Going On del irlandés. No es poco lo que May aprendió de él y de su manera de tocar… junto con lo de “ser siempre un gentleman y tener tiempo para las personas”.
   

Rory Gallagher era una persona sencilla y siguió siéndolo hasta después de haber ganado el premio como mejor guitarrista internacional, entregado por la prestigiosa revista inglesa Melody Maker, el 30 de Septiembre de 1972, destronando así al dios Clapton (ganador en las dos precedentes ediciones).
   

Porque así es el blues, el de verdad, el que no necesita inútiles oropeles ni superfluos adornos. Porque para hacer blues hay que llevarlo dentro y sentirlo. Y entonces puedes mover el mundo entero, así, como lo hizo Rory Gallagher con sus vaqueros, su camisa de cuadros, una Strat desgastada y un ampli Fender.

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