Polvo de Rockstar en el Vacío

Por Alberto D. Prieto

Una vida lanzando el alma al estrellato, exponiendo debilidades bajo una coraza hecha de roble con las manos, de remiendos y desechos, sosteniéndose en la perfección que halló junto a Freddie Mercury, Roger Taylor y John Deacon y reflexionando sobre el polvo que habita los inmensos vacíos que rodean a las estrellas. El lamento de su guitarra especialísima pide rescate a un alma frágil con varias capas, estrella del rock, doctor universitario, padre de familia, adúltero, depresivo cuasi suicida, activista animalista... Quizá lo último que te esperas de un astrofísico --cuya tesis versa sobre la 'Velocidad radial en la nube de polvo zodiacal'-- es que porte casacas con bordados, pantalones de pitillo y que sobre la cabeza asome un mix de permanente de señora y melenudo de arrabal. Brian May es un tipo construido hacia fuera, necesitado del cariño familiar tanto como de la gloria rockera, y de la simbiosis con algún alma gemela.

Es 15 de diciembre de 1993, dos millares de locos reclaman a coro en el viejo Aqualung de Madrid que May se arranque a capella por ‘Mustapha’, algo inédito en su gira mundial. De algún modo, siempre hay que hablar de Freddie, lamenta la rockstar de mirada huidiza...

Regresaba a la luz como ex guitarrista de Queen de un par de años de vacío oscuro. Después de ser pieza clave de uno de los productos más redondos del rock, todo había acabado de un modo abrupto en lo personal. Reciente el divorcio, que coincidió con la enfermedad de Freddie, llegó el fin de la magia. May se subía ahora a una colección de composiciones de rock básico al servicio de su armónica habilidad tocando los pulsos de su Red Special. Enchufada, esa vieja chimenea suena como lo haría una legión de gaitas eléctricas, si es que ese instrumento existe. Y eso no es bueno ni malo, es simplemente el sello del artista.

Inmediatamente, en pleno éxtasis del ‘Guitar Extravagance’, una evolución del eterno ‘Brighton Rock Solo’, a May se le escapa de los dedos una moneda de seis peniques…

El hijo de Ruth y de Harold May, un ingeniero electrónico aficionado al ukelele, ha colgado siempre al hombro una guitarra muy especial. La Red Special es el primer selfie de la historia del rock. Fue fabricada a mano con retales de chimenea, motocicleta y lavadora... y su trémolo, pieza esencial en el sonido Queen, es un alambre de cesto para bicicletas coronado del capuchón de una aguja para hacer ganchillo. En año y medio de trabajo con su viejo, y gastando no más de 10 libras, construyeron un instrumento casero pero perfecto. Y con un sonido propio, sublimado por esa manía de no usar púas, sino monedas. Aun así, y pese a su universalmente reconocida pericia, la prima donna durante su carrera musical nunca terminó de ser su vieja dama roja, sino otra gran diva con bigote. En todo caso, “la cosa funcionó… no sé si mi viejo y yo tuvimos suerte o qué, pero la guitarra tenía un sonido espectacular, mi guitarra cantaba, y sigue haciéndolo…” Cuenta el propio Brian que tuvo un gato cuando niño, y que la muerte de este animal nunca la superó, ni cuando amaneció en su séptimo cumpleaños con una acústica a los pies de su cama. Lo cuenta como todo, con la barbilla pegada al pecho, con la misma voz, aflautada más por el rubor que por su propia condición. Y explica cómo sólo a veces sí se atrevía a defender ante Freddie que tal o cual composición debía cantarla él... Y que cuando no lo lograba, normalmente, sonaba el lamento de ese gato rasgando los maullidos con una moneda de seis peniques sobre la Red Special.



Brian May, que suele tener unas 10 o 12 de esas 'púas' sujetas al palo del micro con una plastelina negra, ve volar la moneda y gesticula: “guarda eso, chaval, guárdalo bien”.

“Freddie canta mejor que yo, claro. Pero llega a ser jodido escucharle en algunas de mis letras… muchas veces su interpretación cambia por completo el sentimiento que yo escribí”, lamentaba Brian May en una entrevista. Y eso pasó desde el principio, desde el mismo 'Keep yourself alive' que abría el primer trabajo del cuarteto. Sin embargo no puede quejarse, pocos guitarristas son tan reconocibles por el gran público como May. Y eso tampoco es bueno ni es malo, simplemente es que sus influencias clásicas hallaron expresión en el maullido metálico de las cuerdas de su guitarra. Y en los pocos elementos que hubo de comprar para culminarlo: Unas clavijas adecuadas y un trío de pastillas Burns Trisonic, cuya sonoridad saturaba en un ampli Vox AC30, o en el Deacy que luego le fabricó Deacon. Y se inauguró un sonido nuevo. Su 'marca' ha hecho negocio, Guild en EEUU y Burns en Reino Unido fabrican réplicas de la Red Special a distintos precios. Incluso hay tres copias 'originales' de manos del luthier restaurador oficial de May, un australiano llamado Greg Fryer, que fueron bautizadas como John, Paul y George --"los Beatles son la Biblia", sostiene May--. Y desde hace 10 años, May vende sus réplicas oficiales, con su firma en el clavijero. Además, la propia casa Burns London ha 'reeditado' esas pastillas que ya ni se hacían y hasta Vox ha desarrollado una copia del Deacy en su gama de pequeños preamplificadores.

El binomio único entre la guitarra de May y la garganta llena de octavas de Mercury habitó en composiciones herederas de la música sinfónica, fusionada con la vertiente más heavy de quienes bebían de lo circular y experimental del blues, y que se coronaban en una estética teatral y excesiva. Todo encajaba en armónicos y delays, en juegos de stéreo y arpegios multiplicados pista sobre pista. Y, en directo, con un espectáculo tan sonoro como visual. Bebieron su fórmula secreta hasta hartarse y con el paso a los 80 Queen saltó desde el orgulloso 'nobody plays synthetizers' que cerraba los créditos de sus primeros trabajos a ritmos para reventar el walkman. De esos años data un grito de May --en la voz de Freddie, claro-- “sálvame, que no puedo afrontar esta vida solo” [Save me, The Game, 1980]. Cada vez más, sólo el metal de su guitarra andamiaba su fragilidad.

Acaba el show y dan las luces, el muchacho echa la mano a la moneda para buscar la efigie de May... pero en sus vaqueros no había nada, sólo vacío. El final de un concierto es como el de una borrachera, ya fronteriza con la resaca y, aturdido, el extravío del fetiche pesó menos que la satisfacción por algo mucho más importante: había visto de cerca al guitarrista de Queen.

Para muchos de los allí congregados, simples aficionados, consumidores de música de hit parade, Queen era su banda de los años 70. O la de los 80. E incluso la que reventó ese inicio de los 90 con aquel 'Innuendo' grandioso y comercial. Un elepé que fue el epitafio perfecto, el final de película que merecían. Con muerte del héroe incluida. Pero en la vida real, la historia sí que continúa aunque muera el protagonista. A May asumir el nuevo papel le costó depresiones, deseos autodestructivos y una búsqueda que desde entonces no ha culminado. Que, en realidad, siempre ha estado ahí. El show ha continuado desde entonces. Se ha explotado la franquicia en musicales, giras y experimentos con otros vocalistas, pero nunca se ha llenado el vacío, ése que el May artista sólo atemperaba desafiando el maullido de su vieja dama con el de la voz de Mercury, y que el May persona sólo calma en casa, de noche, buscando notas entre las cuerdas o el polvo de las estrellas con su telescopio.  

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