Cuando Duane Allman halló su sonido

por Alberto D. Prieto

La música es dolor, un lamento por no lograr unir los pedazos rotos. La música nace del corazón quebrado y de las ausencias. Se expresa con la personalidad del sufriente, ya sea como solista o en una banda... siempre hay un momento de soledad, de diálogo sordo con las notas que hacen brotar lágrimas en los ojos y ampollas en los dedos. La música es dolor.  

Howard Duane Allman
(20 de noviembre de 1946, Nashville, Tennessee) tuvo, pues, una adolescencia dolorida, porque cada anochecer se le alargaba hasta el amanecer sentado a la butaca buscando el sonido perdido. Ni siquiera perdido, nunca hallado. Qué dolor mayor para un músico que no encontrar su música. Porque Duane Allman ya era una estrella del panorama musical antes de que el mundo lo viera y murió casi sin haber él podido calentar a su público. Sí le dio tiempo a hallar su sonido. Pero como la música es dolor, una vez creada la alquimia de su luz tuvo que dejarla en legado a su posteridad.
 

Es lo que tienen las estrellas lejanas en el firmamento. Nacen sin que nadie las perciba, y una vez que alcanzan su cénit, en realidad ya no están. Duane Allman dejó a sus deudos lo material, rentas infinitas en royalties por sus trabajos, y lo más importante, un nuevo paradigma del blues blanco y sureño, orgullo ante la barra del bar, calma en los ojos, aplomo en la interpretación del verso vital. Y un sonido. Un sonido nacido del dolor, de las ampollas, de la fiebre. De un incansable acelerón persiguiendo el sueño interrumpido de una noche más olvidando las obligaciones mundanas. Cumpliendo el destino.
 

Después de ver a B. B. King en directo con solo 13 años, Duane y su hermano pequeño supieron bien qué hacer en la vida. El chico destinado a la gloria efímera destrozó los surcos de los vinilos de Muddy Waters y Robert Johnson que logró reunir en casa y desmontó una Harley de mamá para venderla pieza a pieza... Con ella se compró la primera guitarra. Doce años después moriría debajo de otra Harley que, maldición, lo atrapó como un dedo sobre el traste y deslizó su cuerpo sobre el asfalto.
 

Si a los 15 años se borraba las huellas dactilares aplastando cuerdas contra el mástil de una Telecaster, antes de cambiar de década el pequeño Duane ya era un notable músico de estudio, cuya habilidad había llamado la atención de los grandes, de costa a costa. De Florida a California. El fracaso de Hour Glass, la primera banda que formó junto a su hermano Gregg en Los Ángeles, dejó un legado: los estudios Fame lo contrataron para ponerle luz a sus sesiones de grabación para los cantantes de su catálogo.
 

El secreto de ese pequeño triunfo lo guardaba él en un botecito de medicinas (drugs en inglés) que a él lo transportaban a su traste preciso, pero que en realidad lo que hacían era orbitar a la Strato de las primeras sesiones alrededor de los confines de un universo nuevo de sonidos. Y con ella y él, a sus oyentes o acompañantes. A ese viaje se apuntaron Aretha Franklin o Wilson Pickett. Y otros, como Joe Walsh, pedían la vez para probar la flotación sin gravedad del slide.
 

Deslizando meninges con cinco colegas más, entre ellos de nuevo su hermano Gregg, ahítos de drogas, y sesiones eternas de whisky e improvisación a las cuerdas, Duane Allman, guitarrista (uno de ellos) y alma (incluso tras su muerte) de The Allman Brothers Band, cargó una Les Paul del 59 al equipaje y viajó a Nueva York en el mágico año del 69.
 



Todo había llevado hasta ese cambio de década, una cifra de ida y vuelta, arriba y abajo, perfecta, que concentraba la tensión capicúa del blues, del rock, del pop, de la psicodelia, del jazz, del soul, del country. Un año núcleo y de inflexión que daría a luz los albores del rock progresivo, del heavy, de la concept music, del funk, del reagge y de otras hierbas. Miles de caminos habían confluido orgásmicamente en la fiesta de las flores en que se habían convertido los últimos años 60 y, como todo crescendo, su explosión posterior germinaría en infinitas nuevas sendas.
 

Una de ellas la llevaba Duane Allman guardada, como un mapa del tesoro, en la botellita de Coricodin. Era el Nueva York de Tom Dawd, el productor de Cream. Y a ese tipo le quería mostrar Duane que si los tres de Clapton eran la Santísima Trinidad, los de Allman no eran seis por casualidad.
 

Llegaban los Allman, con Butch Trucks (hoy, su sobrino Derek patina el slide con maestría en la actual formación de los Brothers) y Jai Johanny Johanson (otro 'session man' de la Fame) a las dos baterías --la luz necesita potencia--, Dickey Betts como (el otro) guitarrista y Berry Oakley al bajo. Llegaban a la gran manzana enfebrecidos de blues, con el mercurio de las ideas progresivas a punto de estallar. El rubio pelirrojo de bigote sureño venía explotando como una supernova, inquieto por cosechar la siembra de meses atrás, cuando todos sus humores confluyeron en un delirio: enfermo, en la cama había escuchado entre sudores el onírico slide del 'Statesboro blues' a cargo de Taj Mahal. Esa cover radiada había dado con el traste preciso, pues Duane, tras vaciar el bote de analgésico, ya no quiso bajar el calor de su fiebre nunca más. El Coricidin en su dedo anular había inaugurado su auténtico sonido, el dulce slide de Duane Allman que, aderezado con el picante agudo de la rosca del volumen al máximo, sirvió de escuela a toda una generación.
 

Ensayando en cementerios, mojando la inspiración en licores y otras hierbas labraron los surcos de dos elepés repletos de inspiración, ceremoniando la botadura oficial de una suerte de blues blanco y del sur. Con reminiscencias folkies y con anticipos del rock progresivo. Con la Gibson ES-345 semihueca y las Les Paul Cherry Sunburst. Con eternas instrumentales llenas de melodías diferentes que forjaban planteamientos, nudos, desenlaces y subhistorias propias para enardecer. Con pequeñas perlas directas al fondo del vaso de bourbon. Con un sonido propio tan necesario que dolía imaginar qué habría sido de nosotros sin él. Y qué habíamos hecho antes de él.
 

Duane
no sólo prestó su apellido al grupo. También iluminó con su habilidad e ingenio a unas guitarras que hasta entonces no sabían de lo que eran capaces.
 

El brillo más intenso de los Allman Brothers era, en todo caso, sobre las tablas. Así que a nadie sorprendió que 'At Fillmore East', su siguiente álbum, un directo grabado en marzo del 71 en ese escenario de Nueva York, fuera como registrar una explosión y ofrecerla, surco a surco, en alta definición. Se publicó en verano, sólo tres meses y medio antes de que en Macon, Georgia, salieran todos a por comida en un receso de las sesiones que luego rellenarían el póstumo 'Eat a Peach'. Esa parte del legado sonoro la dejó Duane en másters de estudio. Pero hubo otra. Mayor. La impronta que dejó su sonido en los grandes del negocio de las seis cuerdas.
 

Harrison
lo negaba (claro, qué iba a hacer sino control de daños), pero cuentan por ahí que Pattie Boyd reprochaba a Clapton, entre licores, que ella era tan grande que había inspirado el 'Something' de George. Cuentan que, dolido, él alegaba que, entre pico y pico, la supo conquistar y arrebatarla de los brazos del ex beatle componiéndole la grandiosa 'Layla' que dio título al único disco de Manolenta con Dereck and The Dominos. Y cuentan que por muy todopoderoso que fuera el dios de la guitarra, capaz de robar mujeres y destronar del blues hasta a los negros del Mississippi, no fue hasta que convenció a Allman para que lo acompañara en las sesiones del elepé que 'Layla' tomó forma. Al punto de que la poderosa personalidad de la canción, lo que la hizo redonda --y digna de que Pattie pudiera también presumir de haber sido su musa--  fue el trabajo de Duane. Para empezar, le sacó a la Les Paul Goldtop del 57 el brutal riff que la anuncia. Convirtió una versión sonada del lamento --"There is nothing I can do..."-- de Albert King en 'As the years go passing by' en uno de los más inconfundibles fraseos sacados jamás a una seis cuerdas. Y para terminar, Allman improvisó junto al piano de Jim Gordon el slide patinado del cierre, ese lamento de mil gatas que salía de la botellita de coricidine que el diablo sureño se anillaba en el anular izquierdo.
 

Clapton
tampoco es quien más lo cuenta, claro. Si la música es dolor, que un demonio de niñato pelirrojo le perfeccione a dios su creación, eso es el dolor supremo.
 

La corta carrera de Duane Allman, dos discos en estudio y uno en directo con los Brothers, no le evitó alcanzar la categoría de mágico, pese a ponerse su luz tan pronto. Su pinta perruna, su afición a la mezcla de sustancias y sonidos, invitan a pensar en que hay algo de alquimista en su habilidad para ser ubicuo y que sus seis cuerdas estuvieran (y aún permanezcan) a la vez en varios mundos: el del blues, el del rock sureño, el del jazz, el del soul... Duane bebió esos licores desde enano en el gramófono de casa y se alimentó de esas esencias haciéndolas suyas. Y en su motor de explosión hizo una mezcla oculta e inconfundible, como el sonido de una Harley.
 

Slide, todo patina, hasta la moto sobre mí. Y después, el sonido de la ausencia. La música es dolor. Llegamos tarde a tu sonido; ya te habías ido. Pero aquí sigue brillando.    

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